Un
escalofrío recorre mi columna y se adueña de mi nuca. Siento como los cabellos
de mi cabeza se erizan hasta el punto de causarme dolor, como si fuesen
alambres clavados en mi cuero cabelludo. Llega la noche y con ella: el miedo,
los sudores fríos, la angustia, el desasosiego... Intento permanecer despierto
sabiendo de antemano lo infructuoso de ese deseo, pronto resultaré vencido por
el sueño y volverá la pesadilla recurrente de todas las noches de esta parte de
mi vida. En esta vida tengo treinta y dos años, una mujer, dos hijos y soy
arquitecto. Vivo en una selecta urbanización de Madrid y mi vida sería de lo
mas placentera y anodina si no existiesen las noches. Cuando el sol se oculta y
llega la oscuridad el sueño viene invencible y con él mi otra vida.
En
la vida oscura, así la llamo, siempre estoy huyendo. Me persiguen los leones,
están en todas partes, leones enormes de grandes melenas, con garras afiladas
como cuchillos y dientes enormes que, al abrir sus fauces, reflejan en ellos
los rayos de luna. Reflejos terribles de miedo y de muerte. En esta otra vida
solo existe el miedo a la muerte. Me acosan, me persiguen con sus servidores.
Estos, los servidores, van de cuatro en cuatro y visten de blanco, blanco
inmaculado. Son taimados, traidores que te cercan, te acorralan, te aprisionan,
inmovilizan tus brazos y luego te ofrecen a las fieras sanguinarias.
Al
principio creí que soñaba: solo eran pesadillas, producto de los nervios y de
la tensión del trabajo. Pero un día desperté sangrando profusamente con
profundos cortes en el pecho. En la vida oscura, un león enorme me había herido
de un zarpazo. Desde entonces dudo ¿Cual de mis dos vidas es sueño?, o ¿son dos
vidas?, o ¿son dos sueños...? O, tal vez, estoy perdiendo el juicio y me estoy
volviendo loco. Pero aunque no los quieran ver, en mi pecho hay zarpazos.
—Oigo
voces.
—Tenga
cuidado. Hoy se despertó muy alterado, tuvimos que ponerle la camisa de fuerza.
FIN
©Luis Casao Benedí